Con este pequeño análisis acerca del mestizaje social, deseo esbozar someramente la importancia que cobra en nuestras sociedades hispanoamericanas, especialmente la osornina, originada de la unión de diversos grupos sociorraciales, que se entremezclaron para dar origen a la sociedad que actualmente nos identifica, y que hunde sus raíces en el mestizaje español, reforzado con la corriente inmigratoria europea, mayoritariamente alemana y francesa, y del Cercano Oriente, la árabe-siria.
Nos detendremos en un componente básico del origen del mestizaje español, la ilegitimidad, [1] que a lo largo de toda nuestra historia ha sido una constante.
En las últimas décadas del siglo XIX, en la parroquia San Mateo de Osorno, se cuenta sobre el 20% de ilegitimidad sólo de parejas que contrajeron matrimonio, debemos contemplar también aquellas que no registran la información, y otras que mantuvieron una relación de convivencia con descendencia, situación que no devela la problemática en toda su dimensión.[2]
Cifras recientes, del 2001, nos revelan que la ilegitimidad en nuestro país alcanza un 48,17%. [3]
Debemos hacer notar que, en la actualidad sigue existiendo en la sociedad chilena y local aprehensiones con relación al concepto de mestizaje y de ilegitimidad, como si deliberadamente se quisiera desconocer una situación ancestral, actitud muy parecida al período de conquista española en que se privilegió la pureza de sangre, y se escondió el orden social alternativo, que a todas luces se evidenciaba.
Situación al parecer distinta, es la connotación que se le da al mestizaje cultural, asociado a la diversidad, al enriquecimiento, a las proyecciones que tiene una sociedad, al mostrarse como multicultural.
Los Mestizos y el mestizaje
Desde su origen mismo –los mestizos- surgieron con la tacha de marginados, no fueron españoles ni indios, se debatían entre dos aguas, no se sintieron pertenecientes a ninguna de las dos categorías sociorraciales, aunque generalmente estaban más cercanos a los indios, e incluso hasta vivían en sus comunidades.
La marginación fue total, desde la estructura socioeconómica hasta laboral. Estaban incapacitados de asumir ninguna responsabilidad, ni menos laboral. Reconocemos que, la encomienda de indios sustentó las economías hispanoamericanas, dejando de lado al mestizo, por su consideración de ilegítimo; “de ser hombres generalmente de mala cabeza, de poco alcance y poca disposición”. [4]
En Chile, al menos se tienen antecedentes que a finales del siglo XVII, se contrataron mestizos en los centros mineros del Norte Chico, aunque definitivamente es en el siglo siguiente donde se incorporaron a la estructura laboral. Los empresarios tanto mineros como agroganaderos tuvieron que integrarlos, por el descenso de la mano de obra indígena, y por el término de la encomienda, dando pie a su funcionalización, pero con una gran resistencia de los propios mestizos y de los empresarios.
El mestizo, por su conformación social se mantuvo muy reacio a la integración socio-laboral. Por ello, su vida no se esquematizó, o no se moldeó de acuerdo al prototipo español, del indio, o de las otras castas, que sí se integraron relativamente “bien”, o dentro de márgenes aceptables, en el modelo social y económico estructurado. Por eso la historia, los conoce por no seguir los moldes tradicionales, por ser desfuncionalizados, no tener apego al matrimonio, a la familia, a la moral cristiana, porque precisamente no tienen lazos familiares, carecen de la formación más básica; deambulan por los centros mineros, las haciendas y estancias, con la intención de robar para sobrevivir. El término mestizo fue durante el período colonial sinónimo de conflictivo.
Marcelo Carmagnani describe ampliamente a los marginados, dice textualmente:
Todas sus actitudes y costumbres están en abierta consonancia con su marginación, a punto de crear una actitud vital y una moral diferente, pero en el fondo moral, de la que sustentaba a las clases funcionalizadas dentro del sistema social...Viven en suma de acuerdo a otras normas en las cuales el entregarse a la embriaguez....no existe tampoco entre ellos vida familiar y la mayoría, a lo más se dedica a “mantener la manceba galena”, vivir en las fondas y pulperías, dedicarse al juego de los naipes y dados...Su desprecio a las normas jurídicas, a la familia y a la religión es algo interior, no sienten el motivo por el cual haya que respetarlas y aun gustan de burlarlas a vista y paciencia de los encargados de su mantenimiento. [5]
A los mestizos, se los incorporó a las faenas laborales, tanto en los distritos mineros del Norte Chico como en las zonas agrícolas, del centro y sur del territorio nacional, como peones mineros, peones agrícolas e inquilinos respectivamente.
Los antecedentes descritos a grandes rasgos, nos permiten situar al mestizo dentro del grupo social de marginados, que en una mayor proporción se sintieron ajenos a las pautas generales que la sociedad dictaba en cuanto a moral, buenas costumbres y valores sociales, acercándose más a la ilicitud, a la transgresión, como norma de vida y como acto de rebelión contra lo estatuido. A pesar que, en el siglo XVIII y XIX se habían integrado a la estructura socioeconómica y laboral vigentes, o como lo llama Carmagnani, al sistema mercantilista, muchos de ellos mantuvieron el mismo comportamiento.
En la ciudad de Osorno, a pesar que la segunda colonización fue dirigida con pobladores de otras regiones, en cierta forma funcionalizados,[6] con familias, igualmente se recurrió a mano de obra marginada, para que desarrollaran trabajos en obras públicas y en faenas agropecuarias; pocos se asentaron permanentemente, sólo los que se incorporaron al mercado laboral, la generalidad mantuvo su carácter errante o itinerante, dados a la vagancia y al robo.
En cuanto a los estamentos sociales, tenemos que a partir del siglo XVIII, conviven las categorías tradicionales: mestizos, indios, españoles y criollos, agregándose en el siglo siguiente, los inmigrantes en su mayoría alemanes.
Los mestizos y los indígenas lideraron el ámbito social por su alto número. Estos últimos representaron un total de 1.500, según lo señala Ambrosio O´Higgins, en parte de su correspondencia. Un escaso número de españoles, dedicados al servicio del ejército, venidos directamente de la Península, del Perú, y de Valdivia. Generalmente se trató de altos oficiales, algunos con hábito de caballero, los cuales cumplían un corto período de trabajo, para luego ser trasladados a otras jurisdicciones. El ejemplo característico lo constituyó Valdivia, por haber tenido la connotación de Plaza Fuerte y Presidio Real se formó una sociedad eminentemente militar.
Otro grupo de españoles, pertenecientes a los rangos más bajos del ejército, los cuales además compartieron la actividad agropecuaria, algunos medianos y pequeños propietarios. Son detectados en los protocolos notariales, al solicitar posesión de los terrenos que cultivaban, mencionaban ser miembros del ejército.
La mayoría de los mestizos, integraron el grupo de los colonos, durante el período de la Repoblación (1796-1808), pertenecientes en su totalidad a los estratos bajos de la sociedad, dedicados a la agricultura y al artesanado.
Tomando en consideración una nómina de población, para el año 1800, tenemos un total de 1.012 colonos, 587 procedentes de Chiloé, 279 de la Zona Central, 79 de Valdivia, 36 de España, 10 de Concepción, 9 de Perú, 2 de Escocia, 7 de Irlanda y 5 de Inglaterra, de los cuales, 388 estaban casados, 518 solteros y 113 niños. [7]
En una Memoria de 1867, enviada por el Gobernador de Osorno al intendente, apreciamos una situación similar; textualmente dice:
Es infinito el número de pobres que viven en pequeñas habitaciones húmedas, desarraigadas y sujetas a los rigores de la estación lluviosa: contraen enfermedades y como tienen que continuar en su misma morada, resulta que las mas de las veces la medicina que se les suministra es importante; de manera que hai que mirar con dolor que sean arrastrados al sepulcro por la miseria. [8]
En cuanto a la calidad de los colonos alemanes de Valdivia y Osorno, durante la colonización alemana, estudios de la Señora Schwarzenberg nos señalan:
Han revelado una presencia apreciable de familias pertenecientes a la alta burguesía y a la nobleza alemana – varias de ellas tituladas – que se radicaron en Valdivia y Osorno...Los pequeños agricultores tienden
a establecerse en Llanquihue, y en general en las zonas del interior se percibe una tendencia entre los grandes agricultores a instalarse en Río Bueno y La Unión, en tanto que en Valdivia permanecen los industriales, con los más sobresalientes representantes del saber. [9]
A mediados del siglo XIX, se produjo una modificación de la fisonomía de los estamentos sociales, debido a dos hechos importantes: la independencia nacional, la cual provocó una emigración masiva de los españoles a Valdivia y a Chiloé, y la llegada de los inmigrantes alemanes, que junto a los pocos mestizos más acaudalados, lideraron la sociedad local.
Los alemanes de Osorno se distinguieron al principio, por ser un grupo muy cerrado, de carácter endogámico, que poco a poco se integró con los mestizos más influyentes, a través de los matrimonios. Esta afirmación se fundamenta a partir de las instituciones que organizaron, como la escuela alemana, el Club Alemán, institución social y de esparcimiento, y la Segunda Compañía de Bomberos Germania, todas integradas por y para los alemanes.
La Ilegitimidad
Como lo señalamos, la categoría mestizo e ilegitimo ha sido una constante histórica, ya que en su gran mayoría el mestizaje en Hispanoamérica se estructuró en base a una unión mezclada -indígena y española-, fruto de relaciones transgresoras, es decir, fuera del matrimonio. Lo mismo ocurrió con las castas, y con los demás inmigrantes extranjeros que en forma regular se establecieron desde mediados del siglo XIX, a lo largo del territorio nacional.
En el derecho español, los hijos ilegítimos fueron conocidos como “hijos naturales”. En las Partidas, se definen como aquellos hijos que nacen de una relación de convivencia entre un soltero y una soltera, que al decidir formalizarla en un matrimonio, debía pedir la dispensa correspondiente. Las leyes de Toro, también consideraron a los hijos naturales, producto de padres solteros, pero en la eventualidad de querer casarse no era necesario solicitar la dispensa matrimonial.
Aparte de los hijos naturales, también fueron considerados ilegítimos: los hijos adulterinos, o de “dañado ayuntamiento”; los hijos bastardos, producto de la barraganía o el concubinato; los hijos nefarios, producto del incesto por línea recta; los hijos incestuosos por línea transversal; los hijos sacrílegos, producto de la unión con clérigos, y los hijos manceres, hijos de prostitutas. [10]
El discurso eclesiástico, tanto en Europa como en Hispanoamérica fue considerar al matrimonio, como único estado lícito de una pareja, permitiendo a ésta la posibilidad de tener relaciones sexuales abiertas a la procreación, y consolidarse como familia, lo contrario a este discurso fue considerado censurable por la Iglesia Católica, y por la sociedad en general. No obstante, aunque éste era el modelo ideal, “nunca se aplicó de manera integral”, porque parte de la sociedad fue permisiva con los incumplimientos de los nobles y la burguesía. Por su parte, el campesinado pobre recurrió a la vida sexual “disoluta”. En estos casos la moral cristiana adoptó un doble discurso, el que por un lado aceptaba ciertas transgresiones, y por el otro exigía el cumplimiento estricto de lo legislado. [11] Sabemos que, no toda la sociedad siguió este modelo, porque sin relaciones ilícitas, la ilegitimidad no hubiese sido tan alta en América. Legalidad y realidad social fueron en muchos casos divergentes. [12]
La legitimidad era considerada el estado “normal”, calidad que sólo el matrimonio podía perpetuar; éste otorgaba estabilidad a la pareja, a los nacimientos y a la familia. Para que permaneciese este orden “natural”, la Iglesia y la Corona lucharon sin descanso, especialmente en América, donde la libertad sexual fue parte de la idiosincrasia india. Podemos señalar que, la legitimidad se convirtió en sinónimo de orden de la estructura familiar, le dio firmeza, estabilidad a la institución.
Para Manuel José de Lara Ródenas: “La legitimidad...se comportaría como un esqueleto que sostendría la definición misma de la familia y como una fuerza gravitatoria que regularía las posiciones relativas de los elementos que la forman”. [13]
En la Europa y en la Hispanoamérica del Antiguo Régimen, la Iglesia y la Corona lucharon denodadamente por frenar las conductas sexuales ilícitas, como el concubinato y el amancebamiento, que fueron las principales formas de trasgresión sexual, las cuales dieron origen a los nacimientos ilegítimos.
La ilegitimidad cruzó todas las barreras sociales, desde los nobles, los burgueses a los campesinos, los blancos y demás calidades sociorraciales, toda la sociedad se vio comprometida, aunque el comportamiento fue diferente en cada caso, tanto en los hombres como en las mujeres.
Podemos mencionar que en la mayoría de los casos, los hijos fueron los más perjudicados, primero por el estigma que significó nacer bajo las condiciones de ilegítimo, el rechazo del padre y de la sociedad. La mayoría de las veces, la mujer enfrentaba sola la situación, sobre todo en los estamentos más bajos, y sólo cuando podía sustentar a los hijos, pero cuando no era así, no le quedaba más remedio que abandonarlos. Un comportamiento semejante tuvieron las mujeres de elite, en este caso como una forma de evitar el deshonor. Hubo excepciones, en que la mujer asumió la responsabilidad de la crianza de manera oculta. Cuando el hombre de elite criaba solo al hijo, generalmente lo camuflaba como un sirviente más, sólo los reyes y muy grandes señores criaron públicamente a sus bastardos.
En cuanto a los burgueses y a los campesinos acomodados que dejaban embarazadas a una sirvienta, en lugar de criar a sus hijos como en otras épocas, los dejaban en la calle, no tanto por maldad, sino por temor al escándalo. En Nantes, Francia, en el siglo XVI y en las ciudades vecinas el 50 por 100 de los nacimientos seguía siendo producto del concubinato. En la misma ciudad, en el siglo XVIII la tasa bajó entre el 6.5 a 2 por 1000. En todas las ciudades francesas, llegó a ser muy raro que una muchacha tuviera más de un hijo ilegítimo en la misma parroquia. [14]
La ilegitimidad no se expresó de la misma manera en todos los sitios. Apreciamos diferencias entre las zonas rurales y las urbanas, así como de colonización, entre Europa y América. Mucho tienen que ver con los registros disponibles, en cuanto a las actas matrimoniales, de bautismo, de nacimiento y los testamentos. Todos ellos revelan en parte la magnitud de la ilegitimidad.
En la Nueva España va invariablemente entrelazada con la mezcla de las razas y el concubinato. La desproporción de los sexos entre españoles de la conquista sugiere, por sí misma, que los varones europeos inevitablemente tendrían relaciones sexuales con mujeres indígenas y africanas, si querían reproducirse activamente. En el siglo XVI, la relación de la ilegitimidad con la mezcla de razas fue tan grande que una de las normas que definían las castas era, precisamente, la de la ilegitimidad. Proporciones de nacimientos ilegítimos de 20 a 60%, junto con altos niveles de adultos que no se casaban hacen que la Nueva España, junto con casi toda América Latina se desvíe marcadamente de la experiencia demográfica europea.[15]
Considerando estas diferencias, en la geografía española, también apreciamos algunas particularidades. Al respecto, Manuel José de Lara Ródenas nos muestra a la Huelva del siglo XVII, a partir del estudio sobre 1.875 testamentos, detectó sólo 13 casos de hijos naturales, correspondiente a un 0.7% del total, contrastando por ejemplo con la ilegitimidad de los parisinos del siglo XVIII, de un 3%, a igual fuente documental.
El autor reconoce la importancia de confrontar las cifras obtenidas con las actas bautismales, de esta forma, se obtiene un resultado más cercano a la realidad. Por ello, cita algunas estadísticas de ilegitimidad de otras localidades de Huelva, como Ayamonte, en que Sánchez Lara contabiliza entre 1621 y 1645, entre 15.3% y el 19.6%, incluidos los expósitos. La parroquia de El Salvador con un 6.1% entre 1600-1624, un 4.8% en 1625-1649, un 3% en 1650-1675 y un 1.8% en 1675-1699.
El autor se plantea que Ayamonte puede representar un caso especial, en cuanto a los altos niveles de ilegitimidad, con relación a otros. Sánchez Lara, sin embargo, lo atribuye al hecho de haber sido un importante centro esclavista. Las cifras señaladas, contrastan con las que nos presenta José Pablo Blanco Carrasco, para Extremadura, con alrededor de un 0.2% a un 0.3% de ilegitimidad, para los siglos XVI, XVII y primera mitad del XVIII. Presenta también una muestra rural extremeña de ilegitimidad, para la segunda mitad del siglo XVI de un 2.78%, entre 1600-1650; 1651-1700 de 2.93%; 1701-1750 de 1.59%; 1751-1800 de 1.48% y en 1801-1860 de 2.91%.
En parroquias urbanas, los porcentajes de ilegitimidad fueron más altos, de acuerdo a los cálculos hechos por Cortés (1983) fluctúan entre el 12 y el 7% para Zafra en los siglos XVI y XVII respectivamente. Un 8.03% calculado por Rodríguez Grajera (1985), para el siglo XVII; el 11% estimado para Badajoz, a mediados del siglo XVII. [16]
A pesar de la elevada tasa de ilegitimidad de los grandes núcleos –a excepción de Cáceres-, el porcentaje sigue siendo muy escaso con relación a la natalidad global, de modo que las alteraciones que pudiesen venir de la ilegitimidad no declarada y por tanto abultada a los ojos de la ilegitimidad podemos considerarlas escasas. [17]
Laslett nos aporta cifras de un total de 98 parroquias de Inglaterra, en las cuales la tasa de ilegitimidad fluctuaba entre el 3.2 por 100 en el decenio de 1600, y del 1.7 por 100 en los años 1640.
Hay varios aspectos a considerar dentro de la natalidad ilegítima, una de ellas es la edad al matrimonio. Se ha detectado que, si los matrimonios se realizaron más tardíamente, los porcentajes de ilegitimidad se elevan, porque la mujer soltera está también más expuesta a concebir hijos fuera del matrimonio.
Siguiendo con esta explicación que puede ser válida también para explicar el aumento de la ilegitimidad en el siglo XIX, podemos agregar además los cambios en el sistema económico. Se dice que los niveles bajos de ilegitimidad para algunos territorios españoles durante el siglo XVII, se deberían a una ilegitimidad transitoria, que se subsanaba posteriormente con el matrimonio.
Otra explicación posible es que las comunidades campesinas habrían estimulado la nupcialidad como una forma de crear y reforzar vínculos entre los vecinos (alianzas estratégicas). Podemos incluir también la centralización administrativa que corrió a parejas con la cobertura que tuvo la Iglesia y la Corona en la “difusión y asimilación de la doctrina cristiana sobre el matrimonio y la sexualidad”. [18]
En la parroquia de La Paz en Lima, encontramos un alto porcentaje de ilegitimidad durante el siglo XVII, asociado a períodos de crisis económica y retraso de las uniones matrimoniales, que hicieron sentir su influencia en la constitución familiar. Una cierta “relajación moral”, fomentó las relaciones extra conyugales, medidas en parte por el grado de hijos ilegítimos, decimos en parte, porque la que dice relación con la ilegitimidad infecunda, no queda
registrada en las estadísticas.
Clara López plantea la dificultad de saber efectivamente el porcentaje de parejas extraconyugales, aunque sí piensa que en los grupos de elite el control social fue mucho mayor en cuanto a las relaciones ilícitas, en comparación a los otros sectores sociales. Agrega que, en la parroquia San Agustín en la Paz, la más importante de los españoles entre 1661 y 1680 se registraron 670 bautizos, de los cuales el 43% fueron declarados como hijos legítimos, el 50% como hijos ilegítimos, el 7% de padres desconocidos y un 1% sin antecedentes. Nos indica que la ilegitimidad en las capas altas de La Paz fueron menores, en comparación al resto de la sociedad, pero también es cierto que, tenían motivos para esconderla, porque el control social también era mayor. [19]
A finales del siglo XVIII, la ilegitimidad aumenta progresivamente por el número de niños expósitos, que presentan un ejemplo extremo de quiebre del sistema de seguridad familiar y los mecanismos de protección y solidaridad entre parientes, invita a pensar en un tránsito del fenómeno de la ilegitimidad hacia situaciones de naturaleza definitiva y por tanto independientes de la estructura demográfica. Se daría un paso, pues, a largo plazo, de una ilegitimidad explicada en el seno de la mecánica demográfica, a una ilegitimidad de carácter nuevamente económico. [20]
Si comparamos el fenómeno de la ilegitimidad europea, con la latinoamericana percibimos la existencia de grandes diferencias, tanto en los orígenes, la evolución y las particularidades en cada una de las regiones. En cuanto a los orígenes, podemos señalar que en el caso latinoamericano, estamos en presencia de un proceso de mestizaje o de miscegenación de la población, por efecto de un concubinato y amancebamiento extremos, ya que las relaciones consensuales fueron mayoritarias durante el período de conquista, a pesar de los esfuerzos de la Iglesia y de la Corona, por imponer la institución matrimonial como el modelo de unión de las parejas bajo protección divina, la realidad fueron las relaciones libres. Hemos intentado explicar el comportamiento sexual de la población india, como parte de una costumbre arraigada basada en la poligamia, que no se desterró con la llegada de inmigración española. Con la llegada de la mujer europea se formalizaron las uniones matrimoniales pero, igualmente, se siguieron manteniendo relaciones ilícitas interétnicas.
Durante el siglo XIX, en América Latina, el matrimonio tendió a imponerse, iniciándose un proceso lento de disminución de la ilegitimidad, entre un 10 a un 20%, aunque seguimos insistiendo en las particularidades regionales. El ejemplo típico es el valle de Petorca en Chile, con tasas de ilegitimidad del 29 al 38% durante el siglo XIX. Tenemos también cifras de México, alcanzando en el período de 1724-1842 entre el 18 al 33%, Sao Paulo, Bolivia y Minas Gerais en Brasil, las tasas se sitúan entre el 20 y 60% en el siglo XIX. [21]
Para otros sectores del Cono Sur de América, de acuerdo a los antecedentes proporcionados por José Luis Moreno en su estudio sobre el río de La Plata entre 1780-1850, nos describe una región fronteriza con una cierta homogeneidad en los patrones de comportamiento sexual de hombres y de mujeres, e influenciada por un proceso migratorio y de movilidad constante. Menciona una fuerte liberalidad en las relaciones sexuales de ambos sexos. Para la mujer, la edad de 15 años se consideraba como apropiada para casarse, a partir de allí, se supone iniciaría las relaciones sexuales, elevando en muchos casos el embarazo prematuro, que a veces se arreglaba con un matrimonio posterior.
Nos menciona que, en localidades con el nombre de San Vicente, Mateo en Lobos se efectuaron matrimonios “después de haber tenido tres, cuatro o más hijos, no sólo de migrantes sino también de originarios de la zona. El origen de los contrayentes, es decir, si eran migrantes o locales, no podían afectar demasiado la realización del matrimonio religioso”. [22]
En cuanto a índices de ilegitimidad, encontramos proporciones altas, en comparación sobre todo a Europa. Entre 1787-1797, aumentó del 13.4% al 35% entre 1840-1850. La causa del aumento de los nacimientos y especialmente la ilegitimidad, fue el corrimiento de la frontera bonaerense, sin embargo se mantuvieron estables los matrimonios.
El autor le atribuye importancia al inicio del ciclo de la mujer, circunscribiéndolo entre los 14 y 17 años de edad, considerado como un período reproductivo largo y de alto riesgo de embarazo, por no contarse con “la aplicación de algún método contraceptivo, excepto la abstinencia en el período invernal o en fechas religiosas”. Señala el amamantamiento como un mecanismo de control sexual, y el coitus interruptus por parte de los sectores altos de la sociedad. [23]
La frontera pampeana como hemos señalado presentó sus propios patrones sexuales, que tuvo lógicamente que ver con la geografía, pero en este caso también influyó la presión de los sexos, especialmente de los hombres por ser mayoría, en comparación a las mujeres.
También influyó la presión por poblar y fecundar- en la acepción humana y productiva-, por un lado, y por otro, el imperativo de la moral prescrita por la Iglesia católica que, a juzgar por los hechos, no se abandonaba definitivamente pero tampoco se cumplió a pie juntillas, en que el honor (sexual), es decir, la virginidad de la mujer, puesta en juego en la relación con el hombre aparece en varios pleitos como un valor que debía salvaguardarse. [24]
En este sentido, las uniones libres de hombres y mujeres fueron habituales en todos los estratos sociales, de alrededor del 25 al 35%, lo que llevaría al autor a “extender el concepto de matrimonio a estos casos”. Da a entender que estas cifras de consensualidad, nos deberían llevar a pensar que las bases del matrimonio y la familia cristianos son diferentes a las nociones que la población en general tenía del matrimonio.
Encontramos otro trabajo, sobre ilegitimidad en la Pampa Argentina, entre 1810-1869, específicamente de la localidad de Lobos, provincia de Buenos Aires, en el cual se destacan dos fenómenos característicos de América Latina: el alto porcentaje de ilegitimidad conyugal y filial, y la intensa movilidad de la población que se acentúa en los sectores fronterizos.
Coincidente con el estudio citado anteriormente, también se menciona la “libertad sexual”. En este caso, el autor advierte que tanto la legitimidad como la ilegitimidad están ligadas fuertemente con las normas que impuso la Iglesia, con las normas de derecho sucesorio, siendo esta última la que hizo la distinción entre hijos legítimos e ilegítimos, que poco a poco, les fue restando privilegios a la concubina y a sus hijos.
En este contexto, se trataría de una nueva definición de matrimonio cristiano, “como requisito para gozar del derecho legal de heredar, ya fuese como cónyuge o descendiente”. En este sentido, la nobleza señorial vio con agrado la confirmación y validez del matrimonio monógamo, para “reducir el número de pretendientes ilegítimos, y por consiguiente los peligros, y la violencia de las disputas sucesorias”. [25]
Jack Goody plantea que, la Iglesia validó el matrimonio monógamo y desechó el concubinato, porque esta relación generaba “herederos ficticios o adicionales, cuya presencia podía impedir a una pareja donar sus riquezas para fines religiosos”. [26] Sólo los hijos naturales podían ser legitimados, después del matrimonio de los padres. Antes que así fuese, la identidad de ellos podía quedar en el anonimato en los registros parroquiales, registrándose como de “padres no conocidos”, o bien mencionándose sólo el nombre de la madre. [27]
Los hijos ilegítimos también tuvieron problemas con la herencia de los padres, recibían un porcentaje mucho menor que los legítimos (según las leyes de Toro, sólo 1/5 parte), claro que, si el progenitor no dejaba herederos, ellos podían solicitar la herencia completa. Al respecto, la ley 9 de las Leyes de Toro, nos señala textualmente:
Es evidente, por tanto, que la ley concede a los hijos ilegítimos más capacidad para heredar de parte de la madre que del padre, pero en ningún caso se iguala a lo que hereda el hijo legítimo de ambos progenitores. Otra discriminación, que podemos constatar está dada en que los testamentos sólo mencionan a los hijos legítimos, los ilegítimos aparecen sólo cuando no existen los primeros, y en el caso que el padre o la madre “decide libremente nombrarlos herederos u otorgarles mandas”. [28]
En Hispanoamérica en general, la dualidad concubinato-ilegitimidad ocupó el mayor porcentaje, en lo que a relaciones ilícitas se refiere, y en cuanto a las calidades sociorraciales, la mestiza fue la más proclive a este tipo de relaciones, en cambio, la india ocupó un porcentaje mucho menor.
Durante el período fundacional, la calidad de mestizo fue aborrecida por su carácter de híbrido. El cronista Huamán de Ayala se refiere al mestizo como “cholo”, palabra que designa la mezcla entre español e indio. [29]
Por su parte: el derecho canónico estaba marcadamente a favor de la libertad matrimonial entre fieles, y no establecía nada en contra de las uniones interraciales, sin embargo la política real fue un tanto ambigua. Los indios podían casarse con españoles, pero el mestizo ilegítimo, fruto de uniones informales de españoles e indias se les asignaba una categoría inferior, aunque estos hijos podían legitimarse ante el Consejo de Indias, mediante “el recurso gracias a sacar”. Esta dispensa real daba a los solicitantes el “permiso” para trascender a la categoría legal de hijos legítimos. Los candidatos que se presentaban eran pocos, y sólo los que tenían buenos antecedentes raciales y económicos para lograr esa aprobación. [30]
En el caso, de las relaciones entre africanos y castas, con españoles e indios, la Corona se opuso. En cuanto a matrimonios interraciales (indios, negros o mulatos), la Audiencia de México recomendó se dieran órdenes especiales a los curas párrocos, en caso de que algún indio deseare contraer matrimonio con alguna persona perteneciente a estas castas; fueron reconvenidos en presencia de sus padres, que si lo hacían, no podían ocupar cargos públicos. Menos se aceptaba el concubinato interracial. Esta actitud de la Corona tiene que ver directamente con la limpieza de la sangre. [31]
Woodrow Borah y Sherburne Cook afirmaron en 1966, que “la ley y la costumbre españolas permitieron las uniones sexuales no formalizadas”, las cuales dieron origen a los hijos naturales. Esta tolerancia permitió la extensión a América de altos niveles de ilegitimidad. Parte de la explicación viene dada por la mayor libertad sexual que los europeos encontraron en el Nuevo Mundo y porque las normas cristianas y las leyes no siempre se cumplieron de forma estricta, ni los organismos eclesiásticos y judiciales actuaron con el mismo rigor ante los afectados por las normas. Por otro lado, también podríamos encontrar otras razones, como “inconciencia procreadora que llevaba a las parejas a engendrar hijos sin preocuparse por su porvenir, junto al abandono de la práctica de tomar medidas radicales para eliminarlos si no se les podía conservar”.
En Chile, la ilegitimidad estuvo asociada en la mayoría de los casos, al abandono de los niños, [más que nada por la inestabilidad de la relación que dio origen al nacimiento, y por la miseria reinante. Aunque el abandono, también se asoció a la legitimidad, pero en casos excepcionales]. El mayor número de abandono de hijos legítimos se producía cuando tenían edades más avanzadas y muy escasamente en los primeros meses de su existencia. Por el contrario, los expósitos ilegítimos eran abandonados frecuentemente en los primeros meses después del nacimiento, si no antes. En este caso, además de la miseria, en la decisión jugaba un papel importante la actitud mental que buscaba evitar la vergüenza social y el rechazo de los que rodeaban a la madre.[32]
[El gran número de niños expósitos ha sido atribuido a la libertad sexual de las parejas consensuales]. Un alto porcentaje de los hijos abandonados fueron engendrados al interior de uniones consensuales. El abandono reemplazó otras formas de eliminación de hijos, tales
como el infanticidio, muy común hasta fines del siglo XIX, o la muerte por hambre o inanición. Esta práctica se dio preferentemente en los sectores pobres de la sociedad. [33]
El problema más grave enfrentado por los hijos ilegítimos fue el desamparo de los padres, por no tener los medios suficientes debían dejarlos a la buena de Dios, quedando totalmente desamparados. En algunas ciudades importantes existieron casas de niños expósitos, en donde podían vivir, pero en forma muy precaria, aumentando de esta forma la mortalidad infantil. Los niños expósitos se conocen a través de las actas de bautismo, o posteriormente los de matrimonio, en que expresan provenir de padres “no conocidos”. La mayoría de los hijos ilegítimos fueron criados por la madre, y muy pocos por el padre.
En la historiografía encontramos abundante información acerca del abandono de los niños, en las distintas edades de la infancia, y desde tiempos muy antiguos. Durante los siglos XVII y XVIII era frecuente que madres de escasos recursos, abandonaran a sus hijos en las calles, o bien en lugares de depósito, conocidas como Casa de Expósitos, antes de recurrir al infanticidio o al aborto, como una forma de eliminarlos.[34]
Un porcentaje grande de los niños abandonados en casas de Expósitos fueron concebidos en uniones consensuales. En la Casa de Huérfanos de Santiago de Chile, entre 1770-1926, tenemos un total de 100.000 niños abandonados, “probablemente uno de cada 10 nacidos fue abandonado por la pareja que los gestó”. [35] El aumento de niños expósitos estaba en directa relación con el aumento de los nacimientos, en la tendencia de larga duración.
El abandono de los niños se dio preferentemente en los sectores más pobres de la sociedad, aquellos también más propensos a la emigración. [36] La Casa de Huérfanos de Santiago recibió un importante contingente de niños abandonados, desde los 0 a 3 años y más, generalmente con muy pocas expectativas de vida, la mayoría se encontraban enfermos, con signos de desnutrición, con “enfermedades agudas y crónicas, infecciones en general, sífilis, infecciones bacilares, oftalmológicas, gastroenteritis, escrófulo, etc.” [37]
Salinas señala que, la casa se convirtió en un depósito de muertos, porque algunos llegaban sólo a morir, y no lograban sobreponerse a las enfermedades.
En nuestra literatura latinoamericana, y especialmente chilena, encontramos el término huacho, para designar al niño ilegítimo- mestizo, [38] fruto de la unión ilícita entre español e india, y que en muy contados casos, terminó en un matrimonio religioso. La mayoría de las mujeres se tuvieron que conformar con su hijo huacho, y un padre ausente.
Sonia Montecino nos menciona el mito popular de “La Llorona”, característico de Centroamérica, que nos relata a una mujer india que engendró un niño, fruto de una relación ilícita con un blanco. Cuando ésta fue abandonada comete un infanticidio y arroja a su hijo al río. En ese momento señala la mujer:
Mi madre me ha dicho que la sangre de los verdugos no se mezcla con la de los esclavos. ¡Hay madre ...ay madre...ay madre! Acto seguido se sumergió en el agua con la intención de salvar a su hijo, pero no pudo. Desde ese momento se le conoció como La Llorona, por los gritos emitidos al sentirse impotente al no poder rescatar a su hijo. [39]
A partir del mito de La Llorona, la autora hace un símil con el mestizaje, la relación español-india, que no produjo rechazo para la mujer, sólo el fruto de la unión fue repudiado: el bastardo. Es la india la que sostiene al hijo huacho, “huérfano de padre y de legitimidad”. Ejemplo que se repite constantemente en la historia hispanoamericana.
La noción de huacho que se desprende de este modelo de identidad, de ser hijo o hija ilegítimos, gravitará en nuestras sociedades- por lo menos los datos para Chile así parecen indicarlo- hasta nuestros días.
El problema de la ilegitimidad /bastardía, atraviesa el orden social chileno transformándose en una “marca” definitoria del sujeto en la historia nacional,...La ilegitimidad jugó un papel esencial en la formación de nuestra sociedad, y creemos que sus implicancias no sólo pueden analizarse desde un correlato sexual y cultural, sino también social. [40]
Como lo menciona Eugenia Rodríguez Sáenz lo confirma Rolando Mellafe, la población india no se oponía a las relaciones interraciales concubinatorias, especialmente con el español porque era una forma de mejorar el status social.
Para nuestra historia, el tema de la ilegitimidad como dice Montecino, tomando en cuenta las citas de Mellafe, debemos entenderla como parte de los orígenes de la familia chilena, y el papel que jugaron las relaciones extraconyugales (amancebamiento y barraganía), en la generación de una enorme masa de bastardos. [41]
Los estudios de Gabriel Salazar y de Jorge Pinto nos muestran que la economía rural y minera del Chile colonial, originó la reproducción del Huacharaje y del lacho. El huacho se reproduce en el lacho, es decir, el personaje típico de las zonas mineras que deambulaba de un lugar a otro, en busca de mujeres, que a cambio de la protección como “macho”, las mujeres se encargaban de darle subsistencia, “a cambio de vivir ocioso y mantenido por su protegida”. [42] En este sentido, es sólo una relación extraconyugal transitoria, que ni siquiera termina en matrimonio. Los hijos que surgen de estas relaciones, estaban destinados a vivir sin padre, y seguramente con el transcurso del tiempo, tuvieron la oportunidad de conocer otros “padres”, o lachos que ocuparon el lugar que dejó el padre “legítimo”.
El tema del huacho del siglo XIX, ha sido desarrollado por Gabriel Salazar, en el artículo “Ser niño huacho en la historia de Chile (siglo XIX)”. Comienza el relato con la protagonista Rosaria Araya, campesina pobre, soltera, con tres hijos, y con uno más en el vientre, oriunda del Valle de Illapel, (Norte Chico).
La historia de Rosaria nos muestra el dramatismo vivido por una mujer que sufre el abandono del padre de sus hijos, logrando dar a luz cuatro huachos antes de morir. Los hijos son repartidos entre familiares y amigos. Aparte de describir el entorno de la vida cotidiana de Rosaria, también nos da cuenta de los costos que implicaban ser hijo de un peón-gañán, sinónimo de abandono, de ausencia del padre. Señala textualmente:
Cuando se tenía un padre como ese Mateo, es decir: un simple “peón”, entonces había que hacerse la idea de que papá no era sino un accidente- o una cadena de incidentes- en las vidas de su prole. Los hombres como Mateo no formaban una familia. Se sentían compelidos, más bien, a “andar la tierra”. En camino a otros valles, de vuelta de otros fundos, en busca de otras minas...Dormían a cielo descubierto, o “paraban” en cualquier rancho que hallaban en su travesía...Sus hijos, por lo tanto, no dormían junto a ellos. Tan sólo se “noticiaban”, de repente, de que su padre andaba en los cerros de tal parte, arreando quién sabe qué tropillos de animales...Y aun pedí en pasar años, sin que se tuviese el menor “noticiamiento” de él. Hasta que alguien avisaba que estaba preso que lo habían herido en una riña de borrachos. Que lo habían visto convicto, enjaulado y engrillado, reparando el camino del puerto.
Así, poco a poco, de pura ausencia y “noticiamiento”, un papá del tipo de Mateo Vega se iba transformando en la mente de sus hijos, en una especie de leyenda.
Era un sospechoso de nacimiento. ¡Pobre Papá! Daba lástima. A veces, como merodeando, aparecía por el rancho de mamá. Como un proscrito culpable, corrido, irresponsable. Despojado de toda aureola legendaria. Traía regalos, claro algo para mamá: una yegua, un cabrito, una pierna de buey. [43]
Desde los albores de la Colonia, el modelo familiar chileno comenzó a gestarse alrededor de la figura de la madre, ya que la constante y prolongada guerra de Arauco, además de la economía minera y agrícola, hizo posible que los hombres se transformaran en unos migrantes permanentes.
Las mujeres permanecieron por meses, e incluso años, solas, a cargo de estancias y familias, socializando a los hijos junto a sirvientes y parentelas femeninas. Cada madre, mestiza, india y española dirigió el hogar y bordó laboriosamente un ethos en donde su imagen se extendió poderosa. [44]
Sonia Montecino plantea que, en el siglo XIX se produce un cambio en la constitución de la familia de las capas altas de la sociedad, al ceñirse estrictamente al modelo de familia cristiano-occidental, monógama, y fundada por la ley del padre, en cambio, en las capas medias y bajas se mantuvo el modelo de familia formada por la madre, sus hijos y el padre ausente.
La ilegitimidad fue un problema muy complejo en las sociedades hisponoamericanas, porque no siempre la unión que las había originado se legalizaba, provocando que esos hijos nacidos de una relación ilícita estuvieran en desventaja muy grande, con relación a los hijos legítimos, que podían disfrutar de una unión formal, de los cuidados de sus padres y de una herencia que les permitiera una proyección futura.
Los hijos ilegítimos, si bien podían ser legitimados, o bien pedir su legitimación, en caso de que los padres no formalizaran su unión conyugal, lo podían hacer directamente al soberano “por acta pública o testamento, por oblación a la curia”, en caso de solicitar el acceso a algún cargo público, o para tomar los votos eclesiásticos.
La Corona, para remediar en parte la tragedia de la ilegitimidad, expidió un Real Decreto el 5 de enero de 1794, en que los niños expósitos de padre no conocido, recibirían automáticamente la legitimación. [45]
En materias económicas, también estaban en desventaja, cuando se trataba de formar parte de los gremios o asociaciones, porque al principio sólo los legítimos podían acceder. Por primera vez se abren los gremios en Alemania, en 1731, y en España en 1796.[46]
[1] Entenderemos Ilegitimidad, la condición de hijos nacidos fuera del matrimonio
[2] Roswitha Hipp T, Tesis Doctoral “Sexualidad y matrimonio en el Chile Austral: Osorno, siglos XVIII y XIX, Capítulo II, defendida en noviembre de 2005, Facultad de Filosofía y Letras, Departamento de Historia Moderna de la Universidad Autónoma de Madrid
[3] Diario La Tercera, viernes 13 de julio de 2001, p. 13.
Debemos recordar que desde octubre de 1999, rige en Chile la nueva ley de filiación, que terminó con la diferenciación de niños legítimos e ilegítimos, dependiendo si habían nacido dentro o fuera del matrimonio. Esta ley termina con la discriminación social que sufrían los niños, dándoles igualdad ante la ley, también permite a las madres solteras o cualquier adulto recurrir a los tribunales para probar la paternidad o maternidad a través de un juicio civil.
[4] Carmagnani, Marcelo, El Salariado Minero en Chile Colonial. Su Desarrollo en una Sociedad Provincial: El Norte Chico 1690-1800, Universidad de Chile, Centro de Historia Colonial, Santiago, 1963, p. 42
[5] Ibídem, p. 45
[6] Funcionalizados, se refiere a la integración plena del grupo mestizo en la estructura laboral y socioeconómica, es decir, a la adscripción a un trabajo, a una familia, en definitiva se siente parte del orden social
[7] Boletín N°2 de Historia Regional, Museo y Archivo Municipal de Osorno, Osorno, 1994, p.81
[8] Archivo Nacional de Chile, Memoria del Ministerio del Interior, Volumen 71, 1867, p. 182
[9] Guarda OSB, Gabriel La Sociedad Austral de Chile antes de la colonización alemana 1649-1859, Editorial Universidad Austral de Chile, Valdivia, 1973 pp. 64-65
[10] Margadant, Guillermo, La Familia en el Derecho Novohispano. En Familias Novohispanas Siglos XVI al XIX, Seminario de Historia de la Familia, Pilar Gonzalbo Aizpuru (Coordinadora), Centro de Estudios Históricos, El Colegio de México, México, 1991, p. 48
[11] Casey, James, Historia de la Familia, Editorial Espasa Calpe, Madrid, 1990, p. 231
[12] Cavieres, Eduardo-Salinas, René, Amor, Sexo y Matrimonio en Chile Tradicional, Instituto de Historia Vicerrectoría Académica de la Universidad Católica de Valparaíso, Serie Monografías Históricas N°5, 1991 p. 221
[13] Lara Ródenas, Manuel José de Ilegitimidad y Familia durante el Antiguo Régimen: Actitudes Sociales y Domésticas. En Familia y Mentalidades, Ángel Rodríguez Sánchez y Antonio Peñafiel Román (eds.), Seminario Familia y Élite de Poder en el Reino de Murcia siglos XVI-XIX, Universidad de Murcia, 1997, p.113
[14] Casey, James, ob. cit., p. 235
[15] Ibídem, p. 373
[16] Blanco Carrasco, José Pablo, Demografía, Familia y Sociedad en la Extremadura Moderna, 1500-1860, Universidad de Extremadura, Cáceres, 1999, pp. 215-216
[17] Ibídem, p. 211
[18] Ibídem, pp. 20-21
[19] Ibídem, pp. 154-155
[20] Ibídem, pp. 216-217
[21] Rodríguez Sáenz, Eugenia, Hijas, Novias y Esposas. Familia, Matrimonio y Violencia Doméstica en el Valle Central de Costa Rica (1750-1850), Editorial EUNA, Costa Rica, 2000, pp. 19-20
[22] Moreno, José Luis, Sexo, Matrimonio y Familia: La Ilegitimidad en la Frontera Pampeana del Río de la Plata, 1780-1850, en Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani”, Tercera Serie, Números 16 y 17, 2°, Universidad de Buenos Aires, F.C.E., Semestre de 1997 y 1° de 1998, Argentina, pp. 66-67
[23] Ibídem
[24] Ibídem, pp. 68-69
[25] Ibídem
[26] Ibídem, p. 12
[27] Ibídem, p. 13
[28] Ibídem
[29] Montecino, Sonia Madres y Huachos, Alegorías del Mestizaje Chileno, Editorial Sudamericana, Santiago, 1996, p. 41
[30] Twinam, Ann, Honor, Sexualidad e Ilegitimidad en la Hispanoamérica Colonial. En Sexualidad y Matrimonio en la América Hispánica Siglos XVI-XVIII, Asunción Lavrin (Coordinadora), Editorial Grijalbo, México, 1991 p. 128
[31] Kuznesof., Elizabeth, Anne, Raza, Clase y Matrimonio en la Nueva España: Estado Actual del Debate. En Familias Novohispanas siglos XVI al XIX, Pilar Gonzalbo Aizpuru (Coordinadora). En Seminario de Historia de la Familia, Centro de Estudios Históricos, El Colegio de México, 1991, pp..378-379
[32] Salinas, René- Delgado- Manuel, Los Hijos del Vicio y del Pecado. La Mortalidad de los Niños Abandonados (1750-1930), Revista Proposiciones, N°19, Ediciones SUR, Santiago, 1990, pp.45-49
[33] Ibídem
[34] Salinas Meza, René- Delgado Valderrama, Manuel, ob. cit.,p. 45
[35] Ibídem, 48
[36] Ibídem, p. 49
[37] Ibídem, p. 50
[38] Huacho, proviene del quechua Huachuy, cometer adulterio. Designa tanto al hijo ilegítimo como al huérfano; también se utiliza para denominar el animal que se ha separado de su rebaño (según Lenz), citado por Sonia Montecino, en Madres y Huachos Alegorías del Mestizaje Chileno, Editorial Sudamericana, Santiago, 1996
[39] Montecino, Sonia, ob. cit., pp. 43-44
[40] Ibídem, p. 45
[41] Ibídem, 45-46
[42] Ibídem, p. 49
[43] Salazar, Gabriel, Ser Niño “Huacho” en la historia de Chile (Siglo XIX), Revista Proposiciones N° 19, Sur, Centro de Estudios Sociales, Santiago, 1990, pp. 57-59
[44]Ibídem, p.51 [45] Margadant, Guillermo, ob. cit. p. 49
[46] Casey, James ob. cit. p. 168
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